09 May

Capitulo 75: Don Jacinto y doña Clementina.

Don Jacinto y doña Clementina comenzaron a pololear desde hace poco más de cuarenta años. Se conocieron cuando jóvenes en un pueblito cercano a Curicó y, según dicen, lo suyo fue amor a primera vista… aunque claro, sólo bastan tres cañas de tinto para que don Jacinto suelte sin ningún reparo que lo único que le atrajo de su actual esposa era la cara de buena pal ñafle que se gastaba, y doña Clementina, sin quedarse atrás, asegura que sólo se casó con su actual esposo porque lo halló bueno pal catre, así tal cual. No hay dudas entonces, don Jacinto y doña Clementina se pusieron a pololear de puro calientes que eran y, fruto de esa iracunda fogosidad, nació su primer hijo… y al año siguiente nació el segundo, y luego el tercero, después salió el cuarto y, tal como si la cholga de doña Clementina fuese el más ancho de los toboganes, salió el quinto, el sexto y el séptimo.
Don Jacinto no sabía qué hacer, y pese a que comenzó a trabajar como panadero durante las noches, de jardinero por las mañanas y dándoselas de zapatero por las tardes, su bolsillo no daba abasto como para alimentar, vestir y mantener a tanto crío junto. Doña Clementina, que a sus 37 años ya estaba más abierta que el final de Inception, no aguantó más y fue al hospital más cercano para que le dieran algo para aplacar sus deseos carnales, o, mejor aún, que le pusieran un corcho en toda la entrada de la sonrisa vertical para que así el caliente de don Jacinto no pudiera bombardearle espermatozoides hacia adentro nunca más o que, por último, se la cocieran de punta a punta con la más resistente de las lanas, daba lo mismo, el punto es que siete hijos eran suficientes, y cualquier cosa que le recomendaran en el centro de salud sería útil para dejar de parir como coneja.
– ¡Señora matrona, entiéndame, no quiero más! – Gritaba doña Clementina – ¡Mi marido es insaciable, no se controla con nada esa bestia! Y yo también la muy hueona le abro las patas de una… ¡Si soy tan re caliente por la chucha!
– Calma, señora, calma… Mire, acá le vamos a brindar una solución, pero tiene que ser constante y obediente: le haremos entrega de una caja de 100 condones para que se los dé a su marido, así se solucionará su problema por un buen tiempo…
– Puta matrona, disculpe la ignorancia pero…. ¿Qué son esas hueás?
– Un método anticonceptivo pue señora, lo que usted necesita.
– Disculpe lo insistente, pero… me lo podría explicar en chileno por favor…
– Pucha señora, está bien que estemos en el campo y todo eso, ¿Pero no será mucha la tontera ya? Mire, son unas hueás que le tiene que dar a su marido antes de que se pongan a culear para que no le chante otra guagua, ¿Está claro?
– Por ahí sí que nos estamos entendiendo pue matrona, por ahí sí que sí.
Doña Clementina se fue feliz… aunque la felicidad no le duró nada porque, a los pocos meses, volvió al hospital para poner un grito en el cielo, furiosa, y con una tremenda guata.
– ¡Oiga matrona, con usted quería hablar!
– ¡Señora, está embarazada nuevamente! ¿Qué le fue a pasar?
– ¿Cómo que qué me fue a pasar? ¡Esas cuestiones que me dio usted no me sirvieron pa na oiga!
– ¡Pero señora, es muy raro que un condón falle!
– ¡Pero fallaron sus cochinás po!
– A ver… no sé qué decir, dígame cómo los usó, ¿Se los dio a su marido acaso?
– ¡Pero claro que se los di pue!
– ¿Está segura? ¿Y cómo los usó?
– ¿Y cómo más los iba a usar? Los saqué del envase, los piqué bien picaditos y se los eché a la sopa pue… ¡Si no soy na hueona yo!

Y así, en ese ambiente de ignorancia, ranciedad y calentura extrema, nació el cabezón Rubén. Eso explica todo.

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