12 May

Capítulo 77: Mi tío Tucapel.

Si bien siempre he basado mi existencia en vivir sin timón y en el delirio, durante el 2006 di una cacha tan grande que comencé a cuestionar todo lo que había hecho hasta aquel momento, y cuando digo “todo lo que había hecho” me estoy refiriendo, obviamente, a hueviar, tomar y afilarme (con poco éxito) a una que otra familiar del tío Pato… lo que hace cualquier hueón de 20 años en todo caso, pero como el sentimiento de culpa ante tanta irresponsabilidad me vino de un puro golpe, corté por lo sano y le comuniqué a mi viejo que, gracias a sus malos consejos, no me quedaba otra que acudir al único miembro de la familia que podía sacarme de aquella miseria económica y moral: su némesis y enemigo eterno, el misterioso tío Tucapel.

Tal como cada vez que alguien le mencionaba a su hermano mayor, mi viejo reaccionó realizando un desaire algo afeminado y abandonó la conversación haciéndose el ofendido. Tremenda hueá, estaba consciente de que habían peleado hace ya muchos años, tantos que ni siquiera ellos recordaban el motivo de su odio mutuo, pero esta vez consideré que la situación era crítica y, en plena crisis existencial , decidí jugar con el infalible comodín del “sobrino esforzado necesitado de apoyo”… y es que, de lo poco o nada que conocía a mi tío Tucapel, tenía la certeza de que era el lado opuesto de mi viejo: vivía en una casa tremenda que se mantenía ordenadita y radiante a cualquier hora del día, tenía a su cargo una enorme flota de taxis que le permitían costearse una vida relativamente apacible y, según cuentan por ahí, junto a su familia pituteaban sacándose fotos siúticas que estaban destinadas a ser las imágenes de referencia que vienen puestas en los marcos para fotos, ese toque. Mi mamá siempre le gritaba a mi viejo, medio en broma medio en serio, que se quedó con el hermano equivocado a la hora de elegir marido, “¡De haberme casado con el Tucapel me hubiese salido un hijo más bonito!” Le reclamó en medio de una pelea justo antes de mi licenciatura, pero imagínense que si mi vieja lo tenía en un pedestal, el tío Pato lo idolatraba como a nadie, “él era como mi angelito bueno… y tu papá, el diablito malo”, me decía con los ojitos brillosos, aunque por respeto a los códigos familiares y todas esas hueás decidió no contactarlo más después de casarse con mi madre, “lo llamaría yo mismo”, me dijo cuando le comenté que le pediría trabajo, “pero a lo mejor piensa que fui poco leal al quedarme con la señora de su hermano, ¡Y eso me carcome el alma! ¿Tú creí que el Tucapel esté sentido conmigo? ¿Si lo ves podríai preguntarle? ¿Por favor? ¿Sí? ¿Y le podí decir que le mando cariños? ¡No Matías, no es de hueco! ¿Viste? ¿Viste que eres igual a tu padre? Mocoso ahueonao…”.

Para no darle más vueltas al asunto, pedí un presta luca en el celular para llamar a mi bondadoso tío y, luego de los correspondientes saludos y una que otra frase de buena crianza, le expuse mi actual situación y él reaccionó citándome a una especie de entrevista de trabajo, en la cual me preguntó por mis intereses, habilidades, aptitudes y conocimientos. Frunció el ceño varias veces, me miró de arriba abajo tal como si me estuviese escaneando, anotó algunas cosas en su agenda y, finalmente, se puso de pie para estrechar mi mano y decirme: “sobrino, creo que eres la persona más confiable que he conocido en el último tiempo, se nota que eres buen cabro y sólo veo inocencia cuando miro tus ojos… ¡No se hable más! Eres sangre de mi sangre y, por lo mismo, te daré un puesto que está a tu medida”, “¿Ah sí tío, cuál?”, “Asistente de taxista… lo inventé recién, ¿Qué te parece? Y no te preocupes, no es nada de otro mundo, sólo tienes que ser mi copiloto por las noches, meterme conversa para que no me dé sueño, cobrar las tarifas, dar los vueltos y hacerte el ciego cuando veas algo extraño, ¿Fácil, no? Una pega  a prueba de tontos, comenzaremos de inmediato, y no te preocupes por la paga, recibirás lo que mereces”. Qué hueá más mágica: Llevaba sólo un par de horas alejado de mi viejo y ya mi vida había dado un giro total, por lo mismo aquella noche intenté parecer lo más decente posible frente a mi intachable tío, quien, tal como si estuviese tratando con un estudiante en práctica, me enseñó los gajes del oficio de la forma más lúdica posible.

– Me gusta transitar por la Alameda de noche, sobrino, siempre te encuentras con personas que van desde su pega a la casa, trabajadores cansados, llenos de estrés, que sólo necesitan a alguien con quien desahogarse… por eso nuestra labor es tan importante, somos algo así como los sicólogos del pueblo, ¿Me entiendes?

– Me imagino tío, se nota que usted es una gran persona… ¡Ojo! Justo nos está haciendo parar una señora cargada de bolsas, pobrecita, hasta un coche lleva, mire, usted se estaciona y yo la ayudo a subir, ¿Le parece?

– Esta noche no Matías… esta noche tenemos otra misión… Dime algo, ¿Tú eres discreto, cierto?

– Pero claro tío, puede decirme lo que quiera, sus palabras no saldrán de este taxi.

– Lo que pasa Matías, es que hace un par de días tomé a una pasajera guapísima, una mulata increíble, alta, voluptuosa, una mujer como las que ya no se ven. Debido a que soy un caballero, al principio intenté meterle conversa, hablar de la vida, sacarle una sonrisa, pero lo único que obtuve de ella fue un seco “déjeme en tal dirección, necesito descansar”, así que le hice caso y  no le dije nada de vuelta, aunque no te miento, todo el camino le fui mirando las piernas por el espejo retrovisor…

– ¡Mírenlo! Jajaja, no lo creía así tío, pero está bien, en mirar no hay engaño.

– Llegamos a la dirección indicada… – continuó sin darme bola – “Son 9 mil pesos dama”, le dije suavemente para no perturbarla, pero ella ni siquiera hizo el ademán de buscar algún billete, sino que fue directo al grano y me respondió: “usted no quiere mi dinero… usted quiere que le pague de otra forma”.

– ¡Jajaja, qué patuda la mina tío! ¿Y usted qué le respondió?

–  No, nada.

– ¿Cómo “nada”?

– Nada… ella se bajó primero y yo la seguí, fuimos detrás de un árbol y se lo dejé caer por el chico.

– Espere… ¿Qué?

– Bueno, ella lo quiso así, insistió en que fuera por el camino de tierra, y la verdad es que yo no me hago de rogar mucho…

– En serio, ¿Qué?

– Puta que eres hueón Matías culiao, te estoy diciendo que se lo mandé a guardar por el nudo de globo, por la mascá de Centella, por el beso de abuela, ¿Me entendí o no?

– No si eso lo entiendo, pero… pero tío, ¿Usted…?

– El punto, Mati culiao, es que comencé a ver las estrellas, y eso que la tonta ni siquiera se quitó toda la ropa, sólo se subió la mini y se apoyó en el tronco para recibir lo que yo tuviese para darle… y no me vai a creer lo que pasó…

– Créame, por experiencia… prefiero no saberlo.

– Pasó que empecé a moverme con más rapidez, cada vez más brusco, y de pronto comencé a sentir que mis cocos chocaban con algo, pero la calentura me impidió razonar, igual tengo las huevas lacias y por lo mismo creí que estaban azotándose contra el árbol, así que seguí dándole hasta que la sensación se volvió demasiado extraña y metí la mano por debajo para ver de qué se trataba…

– Tío, no me diga que…

– ¡Sí Mati culiao! ¡Mis cocos estaban chocando con los cocos de la hueona! ¡O mejor dicho, del hueón!

– Puta la hueá tío.

– ¡Ja! Dímelo a mí, hoy en día los travestis pasan más que piola, la cagó, así de fácil lo engañan a uno…

– ¿Y qué hizo después tío? ¿Supongo que dejó la cagá?

– ¿Qué más iba a ser Mati culiao? ¡Seguí afilando po! Si yo soy hombre, ¿O creí que voy a perder la oportunidad de chantárselo a una “mina” así? ¿O acaso voh no lo haríai?

– ¡No po tío! ¡Obvio que no!

– ¡Ah, voh erí maraco entonces!

– No se trata eso tío, es que…

– Nada de peros, ahora la vai a conocer y se te va a caer la baba pendejo, espérate no más.

– No me diga que vamos al departamento del susodicho…

– No, “vamos” es mucha gente, sólo entraré yo, tú te quedarás esperándome en el taxi atento a mi celular: si llama mi señora le decí que estoy en una reunión o que fui a comer algo o cualquier hueá, ¿Estamos?

– Tío, sinceramente no me siento muy cómodo con esto…

– Trabajo es trabajo Matías, pórtate bien conmigo y yo me portaré bien contigo… conozco tu realidad, no tienes quién se preocupe por ti y, mejor aún, no hay nada en la vida que puedas perder, así que gánate mi confianza y te haré partícipe de todos mis negocios… y Mati, en serio, son pocos los hombres que pueden entrar a mis negocios… ¿Sabes qué? Te daré el pago de esta noche por adelantado, ¿Cien lucas por hoy está bien? Toma, ahí tení, y con yapa… aprovecha cabrito porque, si le poní empeño, en poco tiempo podrás irte a vivir solo, arrendar tu propio departamento, o comprarte uno si te da la gana ¿Quién sabe? Tienes que ser como ese travesti: aferrarte a un buen árbol y recibir todo lo que te venga encima… ¡Ja! No pongas esa cara sobrino, caíste en buenas manos, en serio caíste en buenas manos…

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