09 May

Capítulo 8: El encierro.

Tropecé por segunda vez con la misma piedra en menos de siete días: me llamó mi viejo a las 2:30 de la madrugada, y le contesté. En las pocas palabras que le pude entender, me explicó que estaba tomando en el clandestino del flaco Lucho y que se quedó dormido debajo de la mesa, cosa normal de él a esta altura de la vida. El problema fue que se quedó dormido, según sus cálculos, el domingo por la mañana, y vino a despertar recién hoy martes.  Obviamente, su primera reacción fue buscar al flaco Lucho y, como no lo encontró, le puso un telefonazo. Al contestarle, el flaco Lucho le explicó que no tenía idea de que este viejo borracho estaba durmiendo debajo de la mesa, así que partió con toda su familia a La Serena dejando el local completamente cerrado y con un sinfín de candados.

Llamé al flaco Lucho, me confirmó la historia y, lo que es peor, agregó que de La Serena se irían a pasar una semana a Perú, porque su esposa quería tomarse fotos en Machu Pichu para sacarle pica a las viejas con las que hacía zumba. Después de un rato consultándole qué podíamos hacer para rescatar a mi viejo, escuché que de fondo su esposa le decía “¿Es el Come Quesillo? Dile que se deje de hueviar”, y la llamada se cortó. Llamé a mi viejo nuevamente, y le conté que el flaco Lucho tenía para rato.

–          ¿Y a qué va a Perú ese mata de hueas? – Me consultó, mucho más relajado.

–          De vacaciones, según entendí – respondí.

–           Llámalo de nuevo y dile que traiga pisco, que allá es barato.

–          Viejo – le dije molesto – estás encerrado en un cuarto sin poder salir, ¿Y estás pensando en copete?

–          Tú siempre viendo el vaso medio vacío Mati hueón, ¡Me extraña! ¿Acaso no te he enseñado que de toda experiencia adversa algo bueno puedes sacar?

–          No recuerdo que me hayas enseñado eso, papá.

–          El punto es que el flaco Lucho anda cagándose de calor con la vieja fea de su señora, ¿Y yo? ¡Yo me acabo de dar cuenta que tengo todo el copete que está en el clandestino para mí solo Mati hueón! Te invitaría, lo juro, pero, lamentablemente, no puedes entrar.

–          Viejo, podrías decir mejor “lamentablemente no puedo salir”, te recuerdo que estás encerrado.

–          Estoy en el paraíso hijo… ¿Quién querría salir del paraíso? Ubícate Mati, ubícate.

–          Entonces… te dejo disfrutar de tu estadía en el paraíso, y ya que no necesitas nada volveré a dormir, adiós.

–          … Te amo tanto, ni siquiera imaginas cuánto te necesito – susurró mi padre.

–          ¿Viejo? ¿En serio me dijiste eso? Yo también…

–          ¿Aló? – Me interrumpió sorprendido – Mati hueón, pensé que me habías cortado, le estaba hablando a una piscola que me hice recién… Te amo, pero si tuvieras hielo te amaría más…

Viejo hueón.

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