09 May

Capítulo 9: El partido.

Mi viejo se quedó encerrado en el clandestino del flaco Lucho. El martes hablé por última vez con él, y me dio a entender que con el copete que tenía a mano podía sobrevivir siendo más feliz que nadie. Hoy en la mañana llamé nuevamente al flaco Lucho pero, como siempre, me respondió su esposa.

– ¿Qué querí ahora Come Quesillo hueón? – Me preguntó.

– Oiga, mi papá se va a morir de hambre si ustedes no vuelven pronto, ¿Cómo pueden ser tan inhumanos?
– ¡Qué se va a morir de hambre ese borracho! En su casa nunca tiene comida, ¿Y cuántas veces lo hay visto morirse? Nunca po Come Quesillo, no hablí hueás…
– Pero al menos díganme cuándo vuelven, nada más le pido.
– Volveremos cuando se nos pare la raja por volver, acá el problema no lo tenemos nosotros.
– ¿Y no han pensado que mi viejo les tomará todo el trago que hay en el clandestino? ¿Ustedes saben cuánto hueviará para evitar pagarles? Pareciera que no conocen a mi papá, ¡El compadre Moncho es una cagá al lado de mi viejo!
– Mierda… mierda, mierda… tení razón – me dijo con voz temblorosa – ¡Nos devolvemos ahora mismo! ¡Pobre de tu viejo si se toma todo! ¡Y si lo hace, vo vay a tener que pagar!
– Señora…
– ¿Qué?
– Chúpelo.

Igual estoy preocupado por el viejo. Hace algún tiempo nos pasó algo similar, pero aquella vez él me rescató. O al menos eso intentó hacer. Se jugaban las clasificatorias para el mundial de Brasil, y mi viejo, haciendo pucheros, me rogó para que lo acompañara a ver no sé qué partido a no sé qué bar de viejos chicheros. Como no me gusta el fútbol, me resistí a seguirle el amén por un buen rato, pero él, fanático a morir, no me aceptó un no por respuesta. Tiempo después comprendí que mi compañía le gustaba debido a que no pataleaba tanto como el resto de sus amigos a la hora de pagar la cuenta completa, pero en ese entonces, siendo aún un cabro inocente, juraba que el hombre sólo buscaba solidificar nuestra siempre tirante relación. Pero bueno, sea como sea, llegamos al bar. El lugar era pequeño, oscuro y hediondo a vino. Tenía 6 mesas chicas, con 2 sillas cada una, y una barra con 5 pisos, aunque los puestos esa tarde daban lo mismo, la mayoría de los parroquianos –unos 200, más o menos– estaban de pie, gritando “¡Ce, hache, i!”, a todo tarro, y tomando como si el mundo se fuese a acabar. Mi viejo, como es pajero, se quiso ir a sentar en la mesa más cercana a la tele, pero, para mi sorpresa, dándole la espalda a la pantalla.

– Viejo, ¿Qué hueá? Yo pensaba que erai fanático de la selección.
– Lo soy hijo, lo soy, – me respondió, mientras sacaba de su bolsillo un antiguo personal estéreo, presionaba un par de botones, y se colocaba un audífono en la oreja derecha – pero a mí, de corazón, me gusta escuchar los partidos por la radio.
– ¿Y eso por qué? – Consulté, extrañado.
– ¡La pregunta tonta, Mati hueón! Es más que obvio po: primero, los relatores de la tele valen callampa; y segundo, ¡Por radio la transmisión llega antes po! Y tú sabes que soy ansioso: si los cabros meten un gol, quiero saberlo en el momento mismo, no 5 segundos después.
– No, si eso lo entiendo. Lo que no entiendo es para qué me trajiste a, supuestamente, ver el partido a un bar… ¡Si ni siquiera lo vai a ver!
– ¡Por el copete po Mati! La pregunta pa’ hueona, ¡Ya, y rájate con unas cañas al toque, mira que hace sed!

Y comenzó el partido, y mi padre ahí se quedó, de frente a los espectadores, con la tele a sus espaldas, y presionando el audífono contra su oreja para escuchar el relato radial lo más nítido posible. De pronto, los seleccionados comenzaron jugada tremenda: pases para allá, pases para acá, la recibió Alexis Sánchez, quien se puso a correr solo desde la mitad de la cancha en dirección al arco contrario, esquivando a todos sus rivales, y quedando solo frente al imponente arquero. Todos los viejos se quedaron en silencio, con los ojos más abiertos que nunca, aferrándose a sus vasos, expectantes al gol que Sánchez estaba por convertir, cuando de pronto, como si fuese un estruendo que interrumpió el mejor de los sueños, mi padre se puso las manos en la cabeza y gritó “¡No! ¡Por la chucha Alexis hueón! ¡Por la chucha!”, pasaron 5 segundos, y en la televisión mostraron a Alexis disparando al arco, pero de una forma tan desordenada que la pelota salió volando a la cresta del mundo, mandando al carajo el grito de gol que todos tenían en la punta de la lengua. Los viejos quedaron estupefactos, pero no por la mala jugada, sino que por el desatino de mi padre, quien seguía con la cabeza apuntando al piso, lamentándose, y con el dedo sumergido en la oreja. Se la hicieron corta: unos cinco compadres con pinta de matones se le acercaron pateando todo a su paso y, agarrándole un coco por encima de la ropa como señal de amedrentamiento, lo amenazaron con sacarle la mierda –y a mí también, de pasada- si no guardaba esos audífonos y miraba el partido como la gente normal. Mi viejo, tiritando, se disculpó, y prometió que apagaría la radio de inmediato. Pero no lo hizo. El partido continuó y, luego de varios minutos de pelotazos que iban y venían, se puso de pie, se subió arriba de la mesa y, aleteando como loco, gritó: “¡Gol conchetumadre! ¡Goooooooooooooooooooooool!”. Ni siquiera pude ver, 5 segundos después, cuál fue el jugador que convirtió, porque, tal como lo habían prometido, todos los viejos del bar se nos vinieron encima, con botellas quebradas a la mitad y cuchillas con ajo bien empuñadas, mientras mi viejo gritaba “¡Arranca Mati hueón! ¡Corre por tu vida! ¡Corre, y róbate una botella a la pasá’!”. Me tiré al suelo y, no sé cómo, me escabullí arrastrándome por entre las piernas de los viejos que, ya a esa altura de la jornada, y debido a los litros de vino consumidos, no se podían ni agachar para atraparme; y así llegué hasta el putrefacto baño del bar, y ahí mismito me encerré con la intención de salir cuando el partido terminara. Y la verdad es que estaba de lo más bien con mi plan, a salvo y tranquilo, cuando padre abrió la puerta de una sola patada gritando “¡Te vine a rescatar, hijo mío! ¡No te preocupes, yo soy tu salvador!”, permitiendo que entraran corriendo detrás de él un montón de borrachos que lo venían correteando y, sin la necesidad de discutir mucho, nos sacaran la chucha, nos mearan y, como yapa, nos robaran hasta los zapatos.

Mi padre intentó rescatarme, a su manera, así que ahora es mi turno. Si el flaco Lucho no vuelve mañana, tendré que abrir todas las puertas de su casa a patada limpia hasta llegar al clandestino. Todo sea por este viejo de mierda.

 

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