02 Jun

Capítulo 93: Mi cita con “Confesiones de Soltera” (parte 2).

Viernes 29 de mayo
17:20 hrs.

“¡Cómeme perro!”, me decía, “¡Y sígueme comiendo que ando templá´!”. La hora de la cita se había pasado cagando y yo continuaba preso en los brazos de esta lola de hablar popular, cuando lo único que quería era escapar y dirigirme al fin a mi encuentro con la misteriosa Soltera Caliente, mi amor platónico desde hace ya varias semanas. Como pude le dije a la joven flaite que todo se trató de un mal entendido, “lo juro, te confundí con otra persona”, le repetía al borde de las lágrimas, y fue tanta la lástima que le cause en cierto momento que le dio media vuelta a mi humanidad, me puso una pura patá´ en la raja y me libró de sus garras una buena vez, no sin antes echarme unas elevás´ en una lengua muerta que asumí como la variante de un coa dominado sólo por profesionales. Ya pasó, ya pasó, me dije aún sudando helado, ahora debía seguir con la frente en alto buscando a quien vine a buscar y ya nada me podría interrumpir… Nada, excepto el montón de audios que me llegaron por whatsapp a nombre de mi viejo y que, según mi intuición, se trataban de algo urgente. Torpemente intenté ocultarme entre la gente para escuchar lo que mi progenitor tenía que decirme, y así fue como llegué al lado de una chica que lucía un sombrero demasiado grande para su tamaño, el cual – según yo – podría ser el escudo ideal para que nadie más oyera lo que yo estaba a punto de escuchar… Para no quedar como pastel de inmediato, debo aclarar que no me costó tanto descubrir que esa chica que me daba la espalda era, precisamente, la lola tras Soltera Caliente, aunque reconozco que el hecho de haber mirado por encima de su hombro para confirmar que revisaba mi blog desde su celular fue una gran pista. Pensé rápido, “no puede descubrir que estoy como hueón parado a su lado y que no fui capaz de reconocerla”, así que no escuché ni una cagá de audio y me alejé sigiloso hacia un costado, para luego bordear la vereda y, finalmente, aparecerme frente a ella de sorpresa, todo bien, todo casual, saludando canchero, si total acá nada ha pasado.

Lo primero que confirmé de la Soltera, luego de quédame pegado contemplándola por un buen rato, fue que era mucho más guapa de lo que cualquiera hubiese esperado. A simple vista aparentaba unos 25 ó 26 años y, para ir al dato duro, me costó determinar desde un principio qué fue lo que me calentó más de su persona, si sus ojos perversos o sus piernas eternas. Pensé rápidamente en dedicarle algún halago, describir lo linda que se veía o, simplemente, felicitarla por ser tan rica, pero recordé el sabio consejo que me dio mi viejo en algún momento de mi vida y que aplicaría hoy por vez primera: “Mati, las minas güenas no quieren escuchar piropos, ¡Todos los hueones las piropean! ¡Desde que se levantan hasta que se acuestan están escuchando lo lindas que se ven, sin importar lo falso que esto sea!… Voh, lo que tení que hacer, es decirles una hueá tirá´de las mechas, compararlas con algo que no se esperan y así bajarlas un poco de la nube… luego de eso pensarán que eres distinto a todos, un macho difícil de conquistar o, simplemente, un hueón que no le importa lo físico, sino lo espiritual… después de eso ¡Paf! Chum pa´entro”. No era mala idea, para nada lo era, así que pensé rápido y determiné que la mejor opción, dado lo extravagante de su sombrero, sería compararla con Florcita Motuda y, justo cuando iba a abrir la boca para soltar mi gran frase, ella me dijo “¿Vamos?”, Para indicar, quizás, que ya estaba titubeando demasiado. “Vamos”, les respondí, “busquemos algún bar agradable, hay mucho que conversar”. El piropo igual se lo dije después. Quedó loca.

Caminamos por Pío Nono intercambiando palabras en la medida de lo posible, y cuando la masa de gente que venía en sentido contrario nos obligaba a separarnos, aprovechaba de escuchar los audios que mi viejo me había enviado hace ya bastantes minutos… ¡Puras hueás! Al parecer mi padre tiene un radar que le indica que no quiero ser molestado para, precisamente, buscar cómo molestarme de vuelta: “Mati hueón, cagué un dado y no recuerdo habérmelo comido”, “Mati hueón, el dado cayó al wáter y quedó el número 6 mirando hacia arriba, ¿Será una señal?”, “Mati, ¿Te acordai que el otro día estaba jugando al cacho con el flaco Lucho? En serio quiero saber si este flaco maricón me hizo tragarme el dado en la curadera, o si acaso me lo metió por el culo cuando me quedé dormido, ¿Qué creí tú?”, así que le respondí que estaba ocupado y que aprendiera a ser independiente, tal como lo estaba siendo yo en aquel instante, brillando con luces propias, caminando codo a codo con mi bloguera favorita, “quién te viera y quién te ve Matías”, pensé autochupándome el pico, hasta que la Soltera me pidió que despabilara, ya que había encontrado un local de todo su agrado. Creo que el mesero fue capaz de oler mi desesperación porque, casi como un acto de misericordia, nos entregó solo una carta, así me dio chance de rozar mi mejilla con la de ella (o a lo mejor el hueón era flojo y le dio paja buscar otra carta, quién sabe) y, apenas noté que reaccionó a mi osadía con una sonrisa, me cagué entero… ¿En qué estaba pensando por la chucha? El mundo se me vino encima de pronto, ¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Le estaba tirando cortes a una bloguera cuya especialidad es el sexo? ¿Yo, el hueón al que su propio padre le enrostra que no sabe nada de sensualidad, tratando de conquistar a una chica experta en todo lo alusivo al amor y la cachimba? No, estaba loco, fingí mirar los precios de los tragos para acallar mis nervios pero, cada vez que la miraba de reojo, notaba que ella tenía puestos sus ojos en mí, sonriendo, esperando una señal de vuelta, algún gesto, alguna frase calentona quizás… respiré hondo e intenté controlar mis nervios moviendo disimuladamente mi pie de arriba abajo, uno de los tantos tics que saco a flote cuando estoy al borde de un ataque de histeria, pero filo, pasé piola. Para enfriar las pasiones pedí una pilsoca, y ella se aventuró y pidió un copete con muchos colores, palmeritas, bombillas y hueaitas decorativas varias, similar a los que solía pedir el pelao Ulises cuando salíamos a algún bar pirulo de su onda.

– Me encanta como escribes – me dijo de pronto, luego de tomar un pequeño trago de su vaso.
– A mí me encantan las cochinadas que relatas – le respondí sin haber pensado bien lo que iba decir – salvo aquella vez que escribiste que no llegaste en muchos días a tu casa y te ponías protectores diarios ante la imposibilidad de cambiarte de calzones, claro – agregué, para cagarla aún más.
– ¡Qué plancha! ¿Por qué justo tenías que acordarte de esa historia?
– No sé, me causó gracia… Todas me causan gracia, la verdad, ¡Me cago de la risa con tus chistes! ¡Son pa la cagá de buenos! Incluso muchas veces, mientras leo algunos de tus capítulos, no sé bien si me quiero reír o pajear – acoté, nuevamente, sin medir mis palabras.
– Qué bueno… qué bueno… supongo… Oye Mati hueón, ¿Y todo lo que cuentas de tu viejo es cierto? ¿En serio es tan así?
– Puta, sí… pero mi intención nunca ha sido dejarlo mal, si en el fondo es buena persona, no le hace daño a nadie… o sea, es rancio, curagüilla, putero, inmoral, no tiene ética alguna, me caga como quiere, es algo mitómano, no conoce límites ni tampoco normas sociales… pero es buena gente, en el fondo, muy en el fondo, es una linda persona.
– Sí, igual he notado que es así. Pero a ver Mati hueón, suéltate un poquito y cuéntame… ¿Qué es lo peor que te ha hecho?
– ¿A mí? No sabría decirte… quizás culearse a algunas de mis ex, aunque, en su defensa, ellas no se hicieron de rogar para nada… También me enojé mucho cuando denunció a la PDI a mi tío Tucapel, mi ex jefe, su propio hermano, por ser un mafioso culiao macabramente malo, aunque luego me di cuenta que lo hizo por mí, por cuidarme, por alejarme de ese mundo… ahí se lo agradecí demasiado… ¡Pero bueno! No hablemos más de mí, cuéntame algo tuyo… por ejemplo, dime qué te gusta hacer…
– ¿Que qué me gusta hacer? ¿En serio quieres saberlo? – Me preguntó mirándome con toda la maldad.
– Sí, claro – respondí con voz de ahueonao – dale, con confianza, ¿Qué es lo que más te gusta?
– Está bien… tú te lo buscaste, allá voy… – Comenzó, y de ahí para adelante el tic nervioso de mi pie no pasó piola para nadie.

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