03 Jun

Capítulo 94: Mi cita con “Confesiones de Soltera” (parte 3).

21:30 hrs.

La segunda ronda de copetes en el aquel bar nos sirvió para ponernos más íntimos, tanto así que logré calmar un poco los tiritones de mi pie y actuar al fin como el hombrecito de tomo y lomo que en el fondo, muy en el fondo, soy. Para la tercera ronda me decidí por una piscola, sabiendo que la subida de grados podía ocasionarme algunos efectos secundarios nefastos para mi dignidad, y la Soltera optó por una michelada, sabiendo que la bajada de grados la pondría más cariñosa de lo normal, ¡Y es que a esa altura ya éramos prácticamente uña y mugre! Ella, una uña brillante y espléndidamente cuidada; yo, una mugre piolita, pero de esas bien aferrada. Quizás por lo mismo sentí la confianza de ir al baño sin miedo a que llegara un galán en mi ausencia y me cagara toda la onda, cosa que, aunque no lo crean, me pasa mucho, ¡Mucho! Y por lo mismo hace varios años tomé la decisión de no mear durante una cita, nada bueno sucede cuando vas a mear, ¡Nada! Y disculpen lo enfático, pero es así, siempre es así. Como el bloguero 24/7 que soy, aproveché la visita al wáter para subir un post inmediatamente luego de descubrir que mi viejo me vendió un “condón Lipton con sabor a té” por cinco lucas, una manera magistral de cagarme nuevamente. Menos mal supe tomarme la situación con humor, ¿Qué más podría hacer? Total, nada me aseguraba que podría pasar algo más aquella noche, y menos después de que, dentro de mi borrachera, se me ocurriera invitarla a un karaoke para dedicarle un tema de Maná, el cual cantamos a dúo, y puta… ¡Me carga cantar karaoke! ¡Me carga Maná! ¡Y me pongo tan rehueón con copete por la chucha! Igual estuvo entretenido, no lo niego, y la hice reír en más de una ocasión, aunque no sé si por mi voz de mierda o por tener la perso de subirme a una mesa para que todos supieran que le cantaba a ella. De una forma u otra, jumbitos para mí.

00:30 hrs.

Soltera me invitó a caminar. Me dijo que le gustaba recorrer la ciudad de noche, sentir el viento en el rostro y mover un poco las piernas, aunque yo de inmediato pensé que necesitaba tomar aire porque se le había pasado la mano con el copete, o algo así. De todos modos no alcanzamos a caminar ni dos cuadra porque, apenas pasamos por el lado de una batucada que metía boche afuera de la Universidad San Sebastián, la vi moviendo las patitas al ritmo de lo que fuera que estuvieran intentando interpretar aquellos improvisados músicos. Y ahí seguimos nuestro carrete, haciendo coreografías de axé, chupando vino en caja y buscando momentos para tomarnos de la mano aunque fuese para gritar “¡Vuelta!” Y continuar meneando la raja. En eso estábamos cuando me topé con el negro Tito, un chef colombiano que tenía una picada de perros (entiéndase “perros” como “hot dogs” o tocomples, según sea el caso) por ahí cerca. Me hice el hueón al principio, el negro Tito sabe perfectamente que soy seco para comer las bombas que me sirve en su local, las cuales incluyen queso, cebolla, salsa de piña, papas fritas molidas y sobre todo carne, mucha mucha carne, y la Soltera, como bien me comentó en más de alguna ocasión, es una vegetariana acérrima, vegetariana vegetariana, así que, basándome en mi cuea´, ya veía al negro Tito gritándome “Quiubo Matías, ¿Cómo está el chileno más traga carne de Bellavista?” Con su acento sabrosón. Ante la alarma de un posible desatino me acerqué yo mismo a su grupo y lo saludé calurosamente, le susurré al oído que no hablara hueás delante de la chica que me acompañaba porque me gustaba en serio, y él respondió invitándonos a un carrete privado en el clandestino de un conocido comerciante de su tierra, “usted Matías no me puede decir que no, y dígale a su conquista que nos acompañe, allá sólo encontrará felicidad”. Al parecer el lugar se trataba de una suerte de antro especialmente ambientado para centroamericanos, así que, inocentemente, nos imaginamos un paraíso tropical decorado con motivos caribeños y habitaciones llenas de color. Yo dije upa, Soltera respondió chalupa.

04:00 hrs.

Amigos míos, yo he estado en hueás rancias… en serio he estado en hueás muy muy rancias… pero esto sí que la cagó. La alegre música latina que sonaba de fondo se contrastaba con todos los actos truculentos que presenciábamos a nuestro alrededor: una puta chupándole la corneta a un viejo por allá, un hueón sacándose unos ovoides del culo por acá (bueno, quizás eso lo soñé), harto hueón con cara de matón por todos lados y mucho, pero mucho jale, prácticamente había más coca que copete, pero yo, como soy malo para volarme por la ñata o por los ojos o por cualquier parte, ni siquiera pesqué las múltiples rayitas que nos ofrecieron, así que corté por lo sano y tomé de la mano a la Soltera para que fuéramos a buscar algo para tomar. Pese a lo rancio, el carrete estaba prendidísimo (era que no), todos bailaban con todos y, según una encuesta express que realizó la Soltera a los asistentes que estaban alrededor, resultó que éramos los únicos chilenos del lugar, aunque con lo morenitos y buenos pal´ hueveo que resultamos ser pasamos más que piola.

– ¿Lo estay pasando bien? – Le pregunté luego de haber hecho un trencito bajo el ritmo una cumbia que no había escuchado nunca.
– ¡Sí! ¡Muy bien… en serio! No me di ni cuenta de lo rápido que pasó la hora – me respondió sonriendo con sus ojitos achinados.
– ¡Qué rico! Bacán bacán… puta, tampoco me había fijado en la hora… supongo que nos tenemos que ir pronto…
– Sí, supongo que sí… pero no sé, me tinca que me quieres decir algo, ¿O no?
– ¿Cómo supiste?
– Dale, dímelo, no seas tímido – me dijo acercando su rostro al mío.
– Soltera…
– Sí Matías…
– Estoy que me meo… te juro, me estoy meando, necesito un wáter urgente, en estos momentos soy una bolsa de meado envuelta en un ser humano.
– Ah… eso… dale, te acompaño… – me respondió inexpresiva – de todas formas, igual necesitaba ir.

Mientras subíamos la escalera para llegar al único baño del lugar comencé a pensar… Mierda, ¿Ese acercamiento habrá sido la señal? ¿Tenía que besarla? ¡Puta que erí hueón Mati hueón! Y en esas lamentaciones estaba cuando siento que la Soltera da un paso en falso y se cae hacia atrás, lo que me permitió quedar como un héroe al atajarla y ponerla a salvo nuevamente. “Gracias Mati”, me dijo simplemente antes de continuar subiendo los peldaños restantes, hasta llegar a una fila eterna que esperaba su turno para hacer lo suyo. La Soltera, ya cansada luego de tanto baile, esperó que la fila avanzara sentada en un sofá cama que yacía tirado en un cuarto roñoso paralelo al baño, mientras yo continuaba martirizándome porque la noche ya se acababa y aún ni siquiera me atrevía a decirle algo atinado, sólo me había limitado a contarle historias rancias y a comentar sus anécdotas con algún chiste cochino, pero ya era suficiente, debía ponerme serio de una buena vez, ¿Para qué seguir engañándome si, desde que la vi, lo único que hacía era mirar sus labios? ¿Por qué no hacer de una buena vez lo que me nacía hacer, sin tener miedo de ser rechazado? ¿Qué podría salir mal? ¡Nada po! Así que me envalentoné, me senté a su lado, expulsé un simple “Oye, Soltera”, esperé a que me mirara y, sin más rodeos, la comencé a besar.

05:30 hrs.

Los besos de la Soltera me hicieron olvidar todo: ni siquiera reparé en que estábamos recostados en un sofá cama que, seguramente, era el hogar de algún perro tapado en pulgas; ni siquiera hice caso a la media cagadita que estaba quedando en el primer piso, en lo que parecía ser una pelea gigantesca entre peruanos, bolivianos y colombianos, sólo dios sabe porqué y, mejor aún, olvidé por completo mis ganas de ir al baño, porque de ahí no me paraba nadie, y menos luego de que bajé mi mano por su cintura buscando palpar todo su cuerpo, menos luego de besar su suave y sensible cuello, menos luego de que ella tomara el control de la situación y posara con firmeza su mano derecha sobre mi entrepierna, menos luego de que le bajara el cierre de su vestido y, definitivamente, menos después de que ella me bajara mi pantalón y se terminara de quitar sus pantys… Afuera el caos era enorme, se sentían gritos desgarradores y mucha sonajera de vidrios quebrados, pero la Soltera distrajo mi atención luego de ponerse en cuatro apoyándose en un cajón peruano y levantándose el vestido hasta la altura de su espalda con una suavidad estudiada cuidadosamente… Las cartas estaban sobre la mesa, minutos antes el negro Tito, sin que siquiera se lo pidiera, me regaló un condón como un acto de caridad después de escuchar la historia del té Lipton, así que lo abrí rápidamente y lo puse en su lugar. De rodillas me acerqué a Soltera quien, dándome la espalda, me miraba de reojo demostrándome sus ansias de recibir una embestida sublime de mi parte, así que no la pensé más y la tomé de las caderas, las cuales comencé a acariciar con ambas manos para terminar de acomodarme y así entrar en ella hasta mis últimas raíces. Primero sentí un gemido calentón que Soltera me regaló como demostración de que lo que estaba haciendo era de su total agrado, luego sentí un cosquilleo agradable que se extendió por todo mi cuerpo al presionar su cuerpo con el mío por segunda vez y, finalmente, sentí una fuerza bruta que me tomó de un brazo y me arrastró hasta el pasillo, sin darme tiempo siquiera de subirme los boxers o, por lo menos, tomar mis pantalones para ser humillado con algo más de dignidad.

6:15 hrs.

– ¿Quién carajo es este culicagado? – Preguntó un gorila de casi dos metros con acento colombiano. No obtuvo ninguna respuesta de vuelta, todos los presentes estaban entretenidos quebrándose botellas en la cabeza o buscando algo con filo en la cocina, entonces me miró detenidamente y atacó nuevamente – ¿Qué está haciendo usted en mi hogar? ¿Qué quiere? ¿Con quién llegó?

Me cagué entero, casi literalmente, aunque lo único que me preocupaba en ese momento era saber si la Soltera estaba bien o no, por lo mismo me subí los boxers como pude, me puse de pie y corrí al cuarto donde estábamos recién, donde la oí conversando alteradamente con unas jóvenes que le explicaban que yo no corría peligro alguno, que el patrón sólo quería conversar conmigo por seguridad, preguntarme algunas cosas, saber quién nos invitó, nada grave… ni siquiera alcancé a decirle que arrancara, porque el mencionado patrón me tomó de la polera y me arrastró al pasillo nuevamente.

– ¿Qué acaso usted no me ha escuchado? Dígame algo mijo, ¿De qué bando es usted? – Me consultó, dándome una chance de salir ileso de ésta.
– ¿Yo? ¡Yo soy del mismo bando que usted, qué es lo que se ha creído! – Respondí intentando imitar un acento colombiano, pero ejecutado como las huevas – ¡Yo soy amigo de Tito, joder! Él me invitó y me habló muy bien de usted, usted tiene que preguntarle a él, chico ¡Tito! ¡Tito, mi hermano, ven acá peladito! ¡Ven a decir que soy tu pana!
– ¿Por qué carajo hablas así hijoeputa? Ya ya, quédese tranquilo, que Tito está abajo defendiendo lo nuestro… Esos bolivianos… no sé por qué no se marchan a su país, sólo están acá ensuciando mis negocios y robándome mis contactos… Entonces, ¿Usted de qué parte de Colombia me dijo ser? Su acento no se me hace conocido.
– De Barranquilla – le aseguré sin siquiera pestañear, empleando mis conocimientos geográficos aprendidos gracias a las canciones de Shakira.
– Me parece muy bien mijo, me parece muy bien… discúlpeme usted, puede retirarse y seguir en sus asuntos, no quise faltarle el respeto, pero usted sabe, en este país hay que desconfiar de toiticas las personas.
– Perdé cuidado che – respondí sin saber qué mierda estaba diciendo – vos sos dueño de hacer lo que se te plazca. Tenga buenas noches, y ojalá ganen la pelea. – y comencé a retirarme.
– Espere espere, ¿Se irá así como así?
– ¿Así cómo patrón? Me disculpa, no le entiendo.
– Venga pues, venga a compartir conmigo, venga, por la amistad – dijo mientras sacaba un espejo que estaba colgado en la pared y, encima del mismo, armaba cuatro líneas de coca enormes – sírvase usted, vamos, con confianza.
– No se preocupe gancho – respondí tiritando – ya me debo ir a dormir.
– ¿Acaso va a rechazar el regalo de un pana? ¿En serio quiere hacer eso? ¡Esta coca es de alta pureza sepa usted! ¡Pega como una mula! Y yo se la estoy regalando…
– No lo tome a mal, mire usted, ya estoy cansado, sólo quiero tomar a mi mujer y marcharme, me entiende… – respondí emulando el acento de… no sé quién chucha.
– ¡No me deje con el espejo en la mano carajo! ¡O aspirá conmigo, o usted y yo vamos a tener problemas!

Ése, amigos míos, fue el momento en el que puse todo en una balanza: si jalo, me podía ir tranquilo y terminar con la absurda situación de una vez por todas, pero si no lo hacía, la sacada de chucha no me la quitaba nadie… aunque la verdad lo que me pasara a mí me daba igual, sólo quería sacar a la Soltera de esa pieza y terminar lo que habíamos comenzado.

– Está bien patrón, está bien… – le dije resignado, llevándome un billete de dos lucas enrollado a la nariz y mandándome la primera línea de una sola inhalada.
– Está bueno, está bueno… ahora las otras, para no quedar cojo.
– ¿Las otras? Pensé que eran para usted – respondí saboreando a duras penas un gusto amargo y desagradable que me bajaba por la garganta.
– No, por favor, sírvase sin pena, vamos, es toda suya.
– Mierda… mierda, está bien – acepté mientras aspiraba la segunda línea y, con el mismo vuelito, aprovechaba de meterme por la ñata las dos restantes – Y ahora… ¿Puedo retirarme? En serio quiero terminar de culiar… en serio en serio…
– Vaya con dios mijo, vaya vaya, y demuéstrele a esa mujer que los colombianos, o lo que sea usted, somos bien machos.

6:30 hrs.

Entré al cuarto en el cual la Soltera me esperaba sintiéndome algo extraño, pero nada grave, sólo quería tranquilizarla y darle a entender que ahora todo estaría bien…
– ¡Soltera! ¡Soltera! ¡Estás bien! ¡Soltera! ¡Cómo estás! ¡Dime algo!
– Sí Matías, todo bien, no fue nada grave, sólo un mal entendido, ¿Y cómo estás tú? ¿Te hicieron algo? Aún se escuchan muchos gritos allá abajo.
– ¡No! ¡No! ¡Todo bien! ¡Súper bien! ¡Mejor que nunca! ¡Vámonos a otro lugar! ¡Quiero bailar! ¡No, quiero cantar! ¡No, quiero correr, vamos a correr! ¡Correr, correr, correr! ¡Quiero correr!

Salimos de la casa-clandestino como si nada hubiese sucedido e, inconscientemente, comenzamos a caminar hacia la Alameda. En el camino la Soltera, asumiendo que mi actuar se debía a la adrenalina causada por el miedo, tomó mi mano y me invitó a comer algo, a lo cual le respondí que sí, que muchas gracias y un sinfín de palabras más que pronuncié a mil por hora.

– ¿Qué pasa Mati? ¿Te sientes bien?
– ¡Bien! ¡Sí, sí! ¡Mejor que bien! ¡Más que bien! ¡Bien, súper bien!
– ¿Y entonces? ¿Qué hacemos?
– ¡Hacer! ¡Qué quieres hacer!
– No sé, dime tú…
– ¡Haría cualquier cosa! ¡Cualquier cosa! ¡Vamos a bucear, o a tirarnos en parapente!
– No me refería a eso Matías, cálmate… decía que podríamos seguir lo que empezamos en algún otro lugar, ¿Cachai? ¿Tú vives solo, cierto?

Entendí la indirecta, la entendí a la perfección, pero tenía los ojos tan abiertos y sentía la cara tan tirante que, en una volada que no sabría explicar, comencé a pensar que si se me paraba la corneta de nuevo se me iba a rajar la piel por ahí a la altura del pecho. Me imaginé al otro día explicando que mi cuero no dio más y cedió, y me vi en el hospital poniéndome puntos y guardando reposo por culpa de mi irresponsabilidad. De pronto me puse histérico y una paranoia abismal se apoderó de mi mente. Respiré pausadamente intentando tranquilizarme, pero todo fue en vano, no había caso, el sol ya se estaba asomando y mis oportunidades de follar, al menos por aquella noche, iban nublándose rápidamente.
– ¡Sí, vivo solo! – Respondí – ¡Pero… pero creo que dejé mi billetera en algún lado! ¡En el sofá cama quizás! ¡No sé!
– ¿En serio Mati?
– ¡Sí, es cierto! ¡Tenía todo ahí, mi plata, mis documentos, todo! ¡Tendré que ir a carabineros para bloquear todo!
– Pucha, ¿Y cómo vas a ir si no tienes nada?
– ¡No, yo doy lo mismo! ¡Me interesa saber cómo te irás tú!
– Tomaré un colectivo, no queda otra… Pasa por acá… Mira, me sobran algunas lucas, con esto te alcanza demás para un taxi, ¿Cierto?
– ¡Oh! ¡Te pasaste! ¡Te juro que apenas llegue te depositaré! ¡O te voy a dejar la plata! ¡Juntémonos otro día y te pago cada billete, te juro!
– Mati… ¿Seguro estás bien? ¿Pasa algo? Dime, ¿Acaso fue algo que dije?
– Quédate tranquila – respondí haciendo un esfuerzo sobrehumano por dejar de gritar – lo pasé increíble, tenemos que repetirlo nuevamente… en serio tenemos que repetirlo.
– Sí, yo también lo pasé bien… ¡Ah, y no lo olvides! Esos colombianos nos deben una cachita – acotó para finalizar nuestra cita, justo antes de detener el colectivo que la llevaría a casa. Para no alterarme más le di un tierno beso en la frente, y el vehículo avanzó hasta perderse de mi vista.

Un par de minutos después tomé mi taxi, pero me bajé unas cuadras más allá para irme caminando, pensando, lamentándome… compré mucho pan y varios kilos de palta (para recordarla) y me acosté mirando la serviu que me había enviado cuando aún no nos conocíamos en persona. Mientras me quitaba la ropa aún sentía su olor en mi cuerpo, y pensando en su espalda desnuda me fui quedando dormido de a poco…

12:00 hrs.

Desperté con una resaca gigantesca y unas ganas de mear todo lo que no meé anoche. Fui al baño casi corriendo y comencé a relajarme, pero ningún chorro me salía, o mejor dicho, ningún líquido caía a la taza. “Aún estoy curado… o drogado”, pensé, “siento como que meo, pero no pasa na´”, y justo cuando estaba a punto de vestirme para ir al hospital, noté con vergüenza que había olvidado quitarme el condón que nunca terminé de usar… entonces me sentí más tranquilo… más hueón también pero, sobre todo, más tranquilo.

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