17 Jun

Capítulo 98: “Grandes Olimpiadas flaco Lucho – Versión MMXV” (parte 1).

El mensaje plasmado en el afiche era más bien escueto: “Grandes Olimpiadas flaco Lucho – Versión MMXV – Inscripción: $1.000”, y sería… nada de fechas ni horas, ni siquiera algún detalle que permitiera a la gente imaginar de qué se trataría este improvisado evento que se anunciaba en un simple papelito pegado en la vitrina de la botillería… quizás por lo mismo se inscribieron tan pocos participantes, pero daba igual, lo importante era no perder la motivación y decir presente para ayudar a mi viejo en estos momentos difíciles porque, por muy rancio que sea, estar en cana doblega hasta al más duro de los hombres.

El flaco Lucho nos indicó que teníamos que estar en su casa a las 13 horas del pasado domingo, pinteados con ropa deportiva y dispuestos a pasar una jornada de risas, concursos y mucha diversión. También nos indicó que debíamos llevar una serie de materiales necesarios para cada juego, pero ya llegaremos a eso. Al parecer, muchos de quienes pagaron la luca pensaron que la hueá se trataba de una colecta o, en el mejor de los casos, de una rifa solidaria, porque a la cita sólo llegó el cabezón Rubén, el payaso Chispita, el chico Maicol, la esposa del flaco Lucho y, era que no, yo. No importa, pensé nuevamente, ese abogado no se pagará solo, el show debía continuar… pero en un acto sorpresivo, y en vista del fracaso inminente de las olimpiadas por falta de público, el flaco Lucho se puso la mano en el corazón y partió a recolectar borrachines por todo el barrio. “Voy a reabrir el clandestino por voh Come Quesillo hueón”, me dijo antes de partir, “por voh, para que te la juguí y saquí a mi compadre de la sombra… no quiero que le dejen vencido el elástico del chico, no de nuevo, no señor”, y partió.

La dinámica de las “Grandes Olimpiadas del flaco Lucho” es bastante simple: los borrachos del público hacen sus apuestas al inicio de cada competencia y, tal como si estuviesen en la hípica, latiguean sus dedos, gritan y chillan como quinceañeros, todo esto hasta ver cómo el ganador se levanta entre los derrotados, quien además, como premio por su destreza y valentía, se lleva un 40% del pozo recaudado (aunque en esta ocasión dicho porcentaje se destinaría a la liberación de mi viejo). El resto, obviamente, se reparte entre quienes apostaron por el vencedor. Comencemos.

I. Primera Competencia: “Teto olímpico grecorromano”.

Tal como lo sospeché, la cosa se puso peluda de inmediato. El flaco Lucho llevó a todos los competidores al patio de su casa, ubicado al lado del clandestino, y colocó unas jabas de pilsen en el suelo para que los espectadores se sintieran cómodos. “La hueá es bien sencilla”, comenzó clamando el flaco, mientras sostenía una garrafa en una mano y una bolsa de marihuana en la otra, “el Teto olímpico grecorromano es un deporte milenario que consiste en tomarse un vaso de pipeño al seco, después fumarse la mitad de un paragua de una pura quemada, luego continuar dando quince vueltas en círculo para finalmente comenzar a caminar intentando no parecer mareado. Si alguno se siente pal´pico y se agacha a descansar o a tomar aire, quien siga de pie debe agarrarlo con fuerza por la cintura y pegarle un punteo bueno, pero bueno bueno, ya saben, esa es la única regla del Teto: voh te agachai y yo te lo meto, ¿Entendido? No olviden la operación: pipeño, paraguayo, vueltas, punteo; pipeño, paraguayo, vueltas, punteo, ¡El último hombre en pie ganará la competencia! ¿Estamos? ¡Ya! ¡Hagan sus apuestas!”. Como si hubiesen sido palabras mágicas, todos los espectadores comenzaron a sacar billetes y a vociferar el nombre de su favorito, “¡El hueón con cara de volao! ¡Ése, ése, tiene pinta de bueno pal paragua!”, decían una y otra vez aludiendo al payaso Chispita, sin saber que en realidad toda su onda pachamámica no era más que un alumbramiento extremo consecuencia de lo mono que es.

Como era de esperarse, el Chispita se adjudicó la mayoría de las apuestas a ganador, seguido por la esposa del flaco Lucho (famosa por ser guachaca y hacerse la pituca), luego yo (algunos me tenían fe por ser hijo de mi padre), después el chico Maicol y, en el último lugar, el cabezón Rubén… Craso error: apenas nos empinamos la caña de pipeño, nos mandamos la piteada de paragua y comenzamos a dar vueltas, caímos hincados al suelo sin saber dónde chucha teníamos la cabeza… caímos todos, uno a unos fuimos sintiendo ese malestar que se asemejaba a recibir quince combos en el hocico de una pura vez, caímos todos, todos menos uno, todos menos el cabezón, ¿Y cómo iba a caer, si el hueón, de puro caliente que es, está acostumbrado a puntearse lo que se mueva, aunque esté volao´ o curao´ o todo cagao´? Y así fui sintiendo los gritos de los demás participantes, “¡Ay!”, “¡Ouh!”, “¡Ah!”, Hasta que, sin poder ponerme de pie, sentí las manos de este conchesumadre en mis caderas y luego, como un espolonazo ultra potente, me dejó caer un punteo que me mandó a la chucha, aterrizando de hocico como a 7 metros del lugar donde estaba, llegando casi al living de la casa del flaco Lucho, donde yacía inconsciente el payaso Chispita luego de atravesar el ventanal gracias al vuelo que tomó después de la enérgica estocada del Rubén. Un concursante menos en competencia, un punto bueno para el cabezón.

 

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