22 Jun

Capítulo 98: “Grandes Olimpiadas flaco Lucho – Versión MMXV” (parte 2).

Segunda Competencia: “Medallas olímpicas sobre nieve”.

Algunos días antes de las olimpiadas, el flaco Lucho nos comunicó que debíamos llevar, entre otras cosas, la polera más blanca que tuviéramos, un par de limones y 3 kilos de hielo por cabeza… los participantes, sin siquiera preguntar el porqué, le hicimos caso de inmediato, ¡Y es que nunca imaginamos que este flaco maricón era tan satánico pa´ sus hueás! Pero qué le íbamos a hacer, las apuestas ya estaban hechas cuando volvimos al patio, luego de que nos mandara a ponernos las poleras solicitadas y a quitarnos zapatos y calcetines, y notamos espantados que nos esperaba con cuatro lavatorios de plásticos llenos de hielo, una mesa con decenas de vasos con vino tinto y, al ladito, un puñado de limones cortados por la mitad.

– ¡Concursantes! – Nos gritó el flaco Lucho, poniendo su mejor voz de milico – Bienvenidos a la segunda competencia de la jornada… ¿Qué les pasa? ¿Por qué tienen esas caras? ¡Aplaudan mierda!
– Ehhhh… Don Lucho… – le dije cortándole la inspiración – No me diga que pretende que nos paremos a pata´pelá en esos lavatorios con hielo, ¿O sí?
– A ver Come Quesillo, ¿Cuál es el problema? Voh quisiste participar, así que la hueaita ahora es sin llorar… Además, estas son las “Medallas olímpicas sobre nieve”, ¿Entendiste? ¡”Sobre nieve”! Y puta, ¡La nieve y el hielo al final son la misma hueá po!
– No se preocupen cabros – se metió el chico Maicol, con la intención de calmar los ánimos – con este frío, y en estas condiciones, de seguro se pescan una pulmonía, mínimo, pero no duden en ir a mi farmacia por remedios apenas cachen que se van a morir… en volá les hago precios…
– ¡Cállate voh Doctor Simi culiao! – Le respondió la esposa del flaco – ¿Y de dónde salieron tan maricuecas todos ustedes? ¡Si un poco de hielo nunca le ha hecho mal a nadie! Les voy a volar la raja en esta competencia, espérense no más, les voy a enseñar cómo todos estos meses haciendo zumba me han convertido en una súper mujer, ya van a ver.
– Oiga señor Luís – metió la cuchara el cabezón Rubén – ya, está bien, entiendo lo del hielo, ¿Pero por qué tenemos que ponernos poleras blancas? ¡El blanco me hace ver gordo! ¡Míreme, parezco una pelota, mire, toque!
– Oye Come Quesillo – me dijo el flaco – tu amigo es más hueco que mi hijo po, ahí sí que la cagó…
– ¿Y los limones don Lucho? – Continué reclamando – ¿Para qué chucha son los limones?
– ¡Ya! Paren de preguntar hueás y préstenme atención: “Medallas olímmpicas sobre nieve” es una competencia tradicional y autóctona de mi clandestino, y, salvo por el hueón que quedó con principios de hipotermia hace algunos años, nunca ha acarreado algún hecho lamentable. Primero lo primero, ¿Ven esos limones que están sobre la mesa? Tienen que estrujarlos sobre sus cabezas… eso, así, que les quede el pelito bien tieso con el jugo… eso, perfecto, perfecto… ¡Ahora, todos dentro de los lavatorios, y procuren no botar ni un solo cubo de hielo! Ya, ya, rapidito, rapidito.
– Puta que me calentai cuando hablai así Lucho – le dijo su esposa – ¿Por qué mejor no echai a estos hueones y me hací la cochiná´ aquí mismo?
– ¡Gobiérnate mujer! Y anda metiendo las patas al hielo no más, así después vai a estar más apretaita… ¡Ya! ¿Están listos? Ahora, lo que deben hacer es lo siguiente…

En muchas y muy complicadas explicaciones, el flaco Lucho nos dio a entender que debíamos intentar tomarnos un vaso de vino de un puro trago y luego, aunque no nos hayamos zampado todo el contenido, teníamos que ponernos el vasito sobre la cabeza, pero boca abajo (para eso el limón, así la cabellera parecería tabla) hasta que dicho vaso se cayera al suelo, producto de los tiritones causados por el congelamiento, y dejara un camino de manchas de tinto en la polera blanca recién puesta. El chiste era que, apenas se te cayera la caña de tinto, tenías que pescar otra y repetir el procedimiento. El ganador se decidiría luego de 20 minutos de juego, cuando el flaco Lucho le pusiera stop a su cronómetro y, junto a los demás asistentes, determinara cuál era el competidor con menos medallas de tinto en su polera. Esta vez las apuestas se inclinaron hacia la esposa del flaco Lucho, quien tiene fama de buena para el tinto; el segundo más votado fue el chico Maicol, por sus años de experiencia; tercero yo, por ser hijo de mi padre (“la sangre tira”, aseguraron los viejujos que me tuvieron fe) y, en último lugar, el cabezón Rubén, porque parecía epiléptico de tanto que tiritaba.

– ¡Competidores listos! – Gritó el flaco Lucho, expulsando chorros de saliva – ¡A chupar!

El perquin que atiende la botillería del flaco fue el encargado de acercarnos el copete, y la verdad es que al principio el reto parecía fácil: tomé el primer vaso con firmeza, me lo mandé al seco, lo di vuelta y parado sobre mi cabeza lo dejé. Sin embargo, mis tiritones lo hicieron caer rapidito. El perquin me pasó otro que no fui capaz de tomarme de un solo trago, así que quedé con una mancha morada enorme luego de voltear el vaso sobre mi pelo e intentar mantenerlo ahí. Cuento corto, al sexto vaso tenía tantas medallas de tinto que parecía una versión obscura de Barney el dinosaurio, y estaba tan borracho y cagado de frío que, cuando iba a recibir la séptima caña, se me dio vuelta el mundo y me fui de hocico contra el suelo, dándole chance al flaco Lucho para que se acercara a mi oreja y me gritara a todo tarro “¡Descalificado Come Quesillo, por gil!”. Caminé tambaleante hacia la galería, donde me senté junto a los viejos chicheros a asumir mi derrota y continuar presenciando el resto de la competencia. “¿Y qué pasó con el chico Maicol?” Le pregunté a un señor con cara de mafioso que estaba a mi lado, “Se supone que era el favorito, y mírelo, está lleno de medallas”, “sí, va a cagar lueguito”, me respondió, “como el hueón es pelado, se le resbalan todos los vasos, tiene la cagá… nadie lo vio venir”. Pasados los 20 minutos, el flaco detuvo su reloj y le pidió a los dos finalistas que dieran un paso adelante: su señora no lucía ninguna medalla considerable, sólo algunas manchitas en los hombros que pasaban casi piolas, pero se notaba más borracha que la cresta… según el perquin, la vieja se había mandado casi quince cañas de tinto al seco, pero todas se le caían rapidito, aunque totalmente vacías, salvo por las gotitas ya mencionadas; por su parte, el cabezón Rubén lucía impecable, se había tomado sólo una caña y, gracias a que tiene la tremenda cabeza, ésta no se le cayó jamás. La esposa del flaco Lucho, anticipando su derrota, se acercó al cabezón fingiendo un saludo de cortesía, como queriendo decir “bien jugado” o “que gane el más mejor”, pero, antes de extenderle la mano, se metió rápidamente un dedo a la boca y soltó un chorro de vomito morado que aterrizó entre la boca y la polera del cabezón. “¡Miren señores del jurado, miren!” Gritó limpiándose la jeta a duras penas, “¡Se manchó, se manchó! ¡Yo gané!”, Continuó, pero sus argumentos fueron declarados inadmisibles y el flaco Lucho la mandó a acostarse de una pura patá en la raja. Un alivio en todo caso, la próxima competencia sería el “Festival de disfraces pal pico”, y las malas lenguas comentaban que la vieja, a falta de corneta, se iba a chantar una longaniza para decir que su disfraz representaba a la rana René comiéndose un choripán. De la que nos salvamos señores, de la que nos salvamos.

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