28 Nov

Capítulo 321: Urgencia

– Tome asiento, don Matías, y cuénteme, ¿Cuál es el nombre del niño?
– Jorge.
– Jorge… ¿Y el apellido?
– El mismo mío, doctor. Ahí le dejé mi carnet.
– Perfecto… ¿Y la madre?
– ¿La madre? Se llama Leila.
– No, no quiero el nombre de ella, le estoy preguntando dónde está, ¿No lo acompañó?
– Doctor, por favor, a ella ni la mencione. La Leila no se puede enterar de que estoy acá, en urgencias, con nuestro bebé de dos semanas de nacido, mientras ella duerme a pata suelta en mi departamento confiada en que estamos raja a su lado. Read More

23 Oct

Capítulo 320: Se inicia el cierre de puertas

“Se inicia el cierre de puertas”.

La Leila, yo y su guata de ocho meses entramos al vagón a duras penas y, cuan sardinas en una lata, nos acomodamos como pudimos entre la multitud de santiaguinos estresados que repletaban el metro ese viernes a las ocho de la tarde. Read More

21 Oct

Capítulo 319: Empatía

Cuidadosamente, como quien se acerca a una burbuja con temor a reventarla, me acurruqué al lado de la Leila, le regalé un tierno beso para desearle los buenos días, y comencé a acariciarle aquella enorme barriga que, hace poco más de ocho meses, alberga a nuestro esperado vástago. Read More

18 Oct

Capítulo 318: El Mierda

Cochamó, 04 de octubre de 1985.

– ¡Mamá! ¡Ya pue mamá, óigame! ¡Tráigame el jarrito pa’ lavarme el poto, por el amor de Dios!
– Chiquilla de moledera, ¿Cuántas veces te he dicho que te llevís tu misma las cuestiones del aseo pa’l baño? ¡Diecisiete años ya, y aún no aprendí!
– ¡Es que me vinieron unos retorcijones re fuertes oiga! No alcancé a traer nada, imagínese.
– Ya, ¿Y no querí que te lleve papel también?
– Pucha … sí.
– Cabra de miéchica no más, ¡Andái tonta porque te la pasái puro mirando a ese pailón que viene a vendernos verduras en su carretilla!
– ¡Ay mamá! ¡Cómo se le ocurre! Si con él ni hablo. Read More

12 Oct

Capítulo 317: El libro de actas del flaco Lucho

El timbre de mi departamento sonó poco después de la media noche, justo cuando, en cuclillas, me dirigía a la cocina para prepararme un vituperio antes de acostarme.

– ¡Quién es! – Grité frente a la puerta.
– ¿Matías? ¿Estái ahí? – Me respondió la voz de un hombre que, extrañamente, se me hizo familiar – ¡Ábreme! Se me están congelando las huevas aquí afuera – agregó con tono lastimero, y yo, como soy confiado, le hice caso de inmediato. Read More

04 Oct

Capítulo 316: Quince mil

– Y entonces, mi cabo, ¿Ya me puedo ir?
– Cómo se le ocurre señor, si recién le estoy pidiendo sus documentos. Que no los ande trayendo porque, según usted, los dejó empeñados en un clandestino a cambio de una garrafa y una bolsa de charqui, no significa que este procedimiento se dé por concluido. Sígame, me va a tener que acompañar al retén.  Read More

27 Sep

Capítulo 315: Culpable

– Amor, ya llegué.
– ¿Mati? ¡Puta que te demoraste! Hace más de una hora que me avisaste que venías en camino, ¡Ya! ¡Ven pa’ acá al tiro, que estoy terrible de ganosa!
– Pucha, no, no… lo siento, pero hoy no. Hoy sólo podrás gozar de mis abrazos.
– Pero Mati, te he estado esperando acostadita todo el día. Ya po, préndete, quiero que me culí’.  Read More

26 Sep

Capítulo 314: Todo sobre mis antojos

La curiosa relación que he tenido con mi madre –a ratos cercana, a ratos tirante- ha pasado por varias etapas. Primero, en mi más tierna niñez, la vieja me regaloneaba todo lo que podía: era común, por ejemplo, que se pasara horas en la cocina preparando queques, hamburguesas, completos y los postres más deliciosos con tal de satisfacerme; mal que mal, yo era su pequeña bendición, y mi dicha estomacal era su dicha espiritual. Cuando me llegó la edad del pavo, y la posterior juventud rebelde, sus arrumacos gastronómicos fueron desvaneciéndose lentamente: de vez en cuando me servía un helado con galletitas, y rara vez se rajaba con unos chacareros de ensueño, hasta que finalmente, cuando me convertí en un adulto medianamente responsable, era un milagro si lograba que me invitara un pan con queso siquiera. De pronto, toda su atención hacia mi persona se limitó a un “¿Tení hambre? Sírvete solo, en el refri hay de todo”, y sería, ¡Y cómo sufrí, Dios mío! En serio, cómo sufri… Bueno, eso hasta que se enteró de que iba a ser abuela, porque desde el momento mismo en el que supo la noticia, no paró de llamarme para invitarme a mí y a la Leila, la madre de mi futuro retoño, a almorzar a su casa, prometiendo cumplirle todos sus antojos, y dispuesta a satisfacerla en sus más mínimas necesidades… y ahí fue donde comenzó el problema. Read More